TDAH

¿Qué pasaría si se demostrara que los fallos de atención que conducen al diagnóstico de TDA son algo secundario a otras condiciones, donde que falle la atención es solo un síntoma más, pero para nada lo esencial? Que no tendría sentido este diagnóstico.
Pues bien, la principal condición de base con la que se relaciona el déficit de atención en la infancia es el apego inseguro. Como describí en otro artículo, los dos estilos de apego inseguro básicos, ambivalente y evitativo, correlacionan respectivamente con la hiperactivación e hipoactivación neurofisiológica, niveles de activación en los que se deteriora el funcionamiento de los procesos cognitivos superiores, entre ellos la atención.
1. A los niños les cuesta atender porque están hipoactivados o hiperactivados. El parentesco entre el déficit de atención y la hiperactividad es de sobra conocido. Se ha resaltado menos el parentesco con la hipoactividad, no obstante los manuales diagnósticos sí que recogen como criterio que el niño a menudo eviata o le disgusta dedicarse a tareas que requieren un esfuerzo mental sostenido. Es decir, el TDA siempre va a ser TDAH, solo que la H unas veces será de hiperactividad y otras de hipoactividad.
2. A los niños les cuesta atender porque están atendiendo a su seguridad. La atención, en buena medida, está dirigida a la búsqueda de seguridad, esta es su prioridad. Solo una vez conseguida ésta, la atención podrá ser dirigida a otros focos. Es decir, todo esfuerzo terapéutico debe dirigirse, en primer lugar, a proporcionarle al niño esta seguridad, o, en otras palabras, a fomentar un estilo de apego seguro.

Una de las preguntas que nos debemos hacer es dónde está la atención del niño. En ocasiones, la respuesta será en ellos mismos, en sus fantasías, con lo que su conexión con la realidad externa queda limitada. En otras la respuesta será que están atendiendo a ciertas problemáticas, normalmente generadoras de ansiedad. En otras las cosas serán más sencillas: están atendiendo a lo que les interesa y motiva.

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Una vez descartadas ciertas patologías que afectan a los procesos atencionales, propongo una intervención terapéutica basada en los siguientes puntos.
1) Diagnóstico descriptivo y comprensivo. Creo que es importante, además, que el niño se desidentifique de la etiqueta que le han puesto, y si todavía no la tiene que no se la pongan, aun a riesgo de perder ciertas supuestas ventajas, como apoyos y refuerzos escolares, ya que al niño le daña, sobre todo en su autoimagen. La descripción comprensiva permite, al contrario, acercarnos a una dificultad como parte de un proceso destinado a superarla, proceso del que se puede hacer partícipe al niño sin dañar su autoestima, e incluso todo lo contrario, ayudándole a lograr una sensación de control sobre sus dificultades. Creo que es importantísimo tener en cuenta los mensajes que le van a llegar al niño relacionados con sus problemas de atención. No es lo mismo que le llegue “estás enfermo y tienes que tomar medicinas”o “tienes menos capacidad que tus compañeros y por eso necesitas más atención del profesor” que “vamos a ver por qué te está costando atender y a solucionarlo juntos”. Con ello sería más factible que el niño se implique activamente en el proceso de solución del problema, lo que mejoraría notablemente el pronóstico y de paso constituirá un aprendizaje generalizable para otras situaciones.
2) Los terapeutas de los niños deben ser los padres, por múltiples razones, pero sobre todo porque es de ellos de quienes el niño espera ayuda para superar sus dificultades. Esto se traduce en que la mayor parte del trabajo psicoterapéutico lo llevan a cabo los padres con el psicólogo primero y con su hijo después. El trabajo con los padres es fundamental, primero, como digo, para que sean ellos mismos los que ayuden a sus hijos con sus dificultades, y después para que tomen conciencia de la influencia, del impacto que tienen sobre su hijo. El trabajo terapéutico con los niños, llevado a cabo si es posible por los propios padres atenderá no solo los planos cognitivo y conductual, sino también lo emocional y lo corporal.
3) Lo fundamental es, por un lado, el desarrollo de un estilo de apego seguro, y, por otro, aunque íntimamente conectado, la regulación del niño. En este sentido, se trata de enseñar al niño a activarse y energetizarse cuando está hipoactivado y a calmarse cuando está hiperactivado. Es importante romper con el círculo vicioso en el cual el funcionamiento del niño es perseguido y castigado, lo que le produce mas inseguridad y más desequilibrio en lo referente a sus niveles de activación.
4) Como parte de esta preocupación por el equilibrio psicoemocional/corporal del niño se prestará atención a sus hábitos alimenticios, de sueño, de evacuación, de movilidad física, de uso de nuevas tecnologías.
5) Trabajo con los profesores de los niños. Si los padres deben ser los principales terapeutas de los niños, los profesores, al pasar con ellos a veces incluso más horas que estos, van a ser la segunda gran referencia de los niños. Por ellos estarán implicados en el tratamiento, existiendo la posibilidad de concertar reuniones y mantener una constante comunicación.
6) Como lo importante es el estilo de apego y no el diagnóstico de TDA, cuanto antes se intervenga, en caso de sospecharse dificultades, mejor. Como digo, el déficit de atención solo pondría en la pista de un niños hipoactivado o hiperactivado y de un estilo de apego inseguro. Y, en este sentido, nunca es pronto para que unos padres se preocupen por fomentar un estilo seguro de apego en sus hijos.
7) Sobre si medicar o no a los niños, como digo, la regulación neurofisiológica es una cuestión de la máxima importancia, de ahí que no sea de extrañar que la administración de estimulantes traiga consigo buenos resultados, al menos en el corto plazo. Aún así, me posiciono en contra:
– Por ser un recurso regulador potente, pero pobre y poco específico. Los procesos regulatorios se basan primero en una buena comprensión de las necesidades que provocan la desregulación y, después, en una adecuada respuesta a las mismas. La administración masiva de psicofármacos supone un fracaso en la comprensión de las necesidades psicocorporales de los niños.
– Porque una buena terapia es aquella que promueve el crecimiento, que continuará una vez concluida la misma. Los psicofármacos no lo hacen, ni tampoco favorecen la interiorización de los recursos necesarios para la auto-regulación.
– Por sus efectos secundarios, tanto previsibles como imprevisibles.
Resumiendo, las dificultades infantiles que se vienen encuadrando bajo el diagnóstico de TDA se resuelven fomentando un sentimiento de seguridad en el niño a través de sus principales vinculaciones (apego seguro) y regulando sus niveles de activación neurofisiológica.