Cuida tu diálogo interno

Todos tenemos una relación con nosotros mismos que se materializa en los diferentes planos de nuestro funcionamiento (cognitivo, emocional, corporal). Como cualquier relación, en esta se dan afectos, sujetos o no a condiciones, de amor y de odio, de aceptación y de rechazo (autoestima); se da una determinada confianza (autoconfianza); se da un determinado conocimiento, que si bien puede llegar a ser muy profundo, también puede se superficial e incluso engañoso (autoconocimeinto). Como parte de esta relación con nosotros mismos está la función autorregulatoria, es decir, todos aquellos procesos destinados a restablecer el equilibrio neurofisiológico cuando se producen desregulaciones, sean estas al alza (hiperactivación) o a la baja (hipoactivación). E incluso, también como parte de esta relación, se producen toda una serie de interacciones entre nuestras diferentes motivaciones, cada una de las cuales intentará influir, a veces desde el anonimato y con artes manipulativas, en cuáles van a ser nuestras acciones, nuestras decisiones, nuestras formas de posicionarnos ante las cosas. Ejemplo de esto último podría ser cuando vamos a hacer algo desde una determinada motivación y, desde otra, contraria a esta acción, nos metemos miedo.
En este artículo me centraré en diálogo que mantenemos con nosotros mismos, con la idea de que puede convertirse en un poderoso recurso para lograr que esta relación de la que hablo sea lo suficientemente buena, y con ello disfrutar de una autoestima realista, autoconfianza, autoconocimiento, equilibrio neurofisiológico y un buen grado de integración de nuestras diferentes motivaciones.

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Propongo el siguiente ejercicio: Durante unos días escucha conscientemente ese diálogo interno y anota aquello que te oigas decir que más te llame la atención. Luego pregúntate para qué te dices eso (igual o más importante que el porqué es el para qué). De esta forma entrarás en contacto con tus motivaciones internas. Anota también estos motivos para decirte lo que te dices. Ahora toca valorar si quieres integrar estos motivos entre aquellos que rigen tu vida o prefieres dejarlos de lado. En el primero de los casos, lo subrayas en verde. Si lo vas a apartar, lo subrayas en rojo. Lo que te hayas dicho desde una motivación subrayada en rojo, táchalo y elimínalo de tu diálogo interno. Vamos con lo que te has dicho desde las motivaciones subrayadas en verde: ¿lo que te dices cumple con su propósito? Si la respuesta es sí, subráyalo también en verde. Si es que no, busca otra forma mejor de decirte esto mismo y subráyalo en verde. Ahora para y sé consciente de que quieres que esto (subrayado en verde) forme parte de tu diálogo interno habitual, ya que te ayuda a conseguir lo que quieres.
Por ejemplo, el otro día una paciente/cliente (no me acaban de convencer ninguna de las dos expresiones) me contaba que después de un intento frustrado de conocer a un chico se dijo a sí misma “ves, nunca encontrarás a nadie”. Esto podía haber sido dicho en forma de pensamiento (“nunca encontraré a nadie”), y una posible intervención terapéutica podría haber sido señalarle que un pensamiento así formulado suele estar distorsionado y desafiarlo de alguna manera. Pero aparece como parte de un diálogo interno, y con un “ves” delante. Es decir, una parte de ella está pujando para convencerla de que nunca encontrará a nadie. Y ¿para qué se dice eso? Para quejarse. Y como solemos hacer cuando nos quejamos, exageramos con “siempres” y “nuncas”.
Entonces ahí nos podemos cuestionar si queremos que sea nuestra parte quejosa la que nos asista y dirija, en este caso, nuestra vida amorosa. Distorsionamos la realidad con un fin. Si solo desafiamos la distorsión, muchas veces no conseguiremos nada. Es preciso esclarecer la motivación que la sustenta.
Lo importante, por tanto, es ser consciente de que este diálogo existe y puede ser dañino y perjudicial o fuente de motivación, seguridad y confianza. De ahí el título del artículo: “Cuida tu diálogo interno”.